26 de enero de 2009

Mujer, compórtate!

Si vuelvo a escuchar a una mujer haciendo un comentario de este estilo: “Es un súper partido, no lo puedes dejar ir!”, les juro que la prendo en fuego.

Estoy en una edad, en que las mujeres fácilmente se pueden dividir 3 clases. Las que están a híper-nerviosas-felices-y-neuróticas a punto de casarse, las recién casadas súper-felices, o las solteras que poco a poco van cediendo a la presión de cuanta tía o madrina de setecientos años de edad le pregunte con ojos sorprendidos en las reuniones familiares "¿Y los novios como vannnn?".

Algunas de estas solteras cuyo monstruo interno se están despertando, empiezan a desesperarse por conseguir un marido, y no tienen claro que uno no puede enganchar a nadie. Uno no puede amarrar, ligar, capturar, y enlazar una pareja.

Esa misma mujer, en síntomas clarísimos de contradicciones mentales, me envía cadenas electrónicas sobre la liberación femenina, y al mismo tiempo power points de lo más empalagosos con detalles de cómo cazar al hombre adecuado (si, cazar!). El partido esperado, es por supuesto uno pelao con plata, y que ame a su madre (incluso, quizás piense que lo segundo no es tan importante).

Lo que no te dicen esas cadenas, es que poco a poco te vas dando cuenta que quizás la plata salga de negocios dudosos, o pertenece toda al padre, y este le da mesada (a sus 30!); o peor aún que el tipo depende de la madre hasta para comprarse los calzoncillos. Súper partido!

Matinena, la gran gurú femenina… reconoce que sí, que las mujeres somos personas alteradas, que vivimos alteradas, pero porque somos así? Porque la sociedad nos exige que seamos princesitas lindas e inmaculadas (esto es bien importante, sino pregúntenle a los machos), exitosas profesionales, excelentes amas de casa y buenas cocineras, mujeres perfectas para el hombre perfecto que debemos “enganchar” (es un plus si lo consigues antes de los “ta”), y que con una mano estemos escribiendo en el teclado de la computadora, y con la otra sostengamos al bebe mientras toma pecho. Sorry, no se puede todo al mismo tiempo.

Protesto por la desesperación que muestran ciertas mujeres que conozco. No insistan en enganchar a nadie, entiendan que solo se está con alguien cuando se quiere y se puede estar. Si no estás con alguien ahorita, y tu deseo más profundo es tener una pareja, acurrucarte el fin de semana, etc… que cagada pues, ¿quien ha dicho que la vida es justa?

No reclames, ni pidas nada, que cuando llegue esa persona ya te darás cuenta y disfrutaras en su momento, pero mientras tanto… muchacha, alégrate de ser solterísima, pasa tiempo contigo misma, con tus silencios, ve al cine, sal con tus amigas, cuestiónate tus pensamientos y disfruta tus espacios que son solo tuyos, de más nadie, y que luego de seguro extrañarás bastante.
No se puede enganchar a nadie, se puede elegir, se puede decidir. Y si tienes la estrella de que esa persona te corresponda, construye tu relación a punta de detalles. Nada de luces de neón, ni palabras sobrecargadas y forzadas. Ve día tras día, a punta de gestos, palabras, caricias y sonrisas. No se necesita más nada, lo demás viene solito.

23 de enero de 2009

Para las respuestas rápidas

Una de las características que nos diferencia uno de los otros es la forma de hacer frente al sufrimiento. Hay a quienes nunca se les ve llorar… por el contrario, siempre están reídos. Nunca están desconsolados, con rabia o rastro de pesar.
La risa es contagiosa, y cuando dos personas ríen al unísono incluso llegan a parecerse. Pero ojo, que hay de diferentes tipos. Las genuinas (de esas cuyos problemas están a punto de terminar), las utilizadas como método de defensa, y las peligrosas.
Estas últimas son de desconfiar, porque no hay nada más engañoso que una sonrisa, y los que se esconden detrás de ella bien lo saben. Las utilizan aquellos que muestran los dientes como advertencia a los enemigos, una cara feliz para esconder las lágrimas, o hacen muecas para esconder el temor.
En lo personal, usar la sonrisa como un método de defensa es una de las mejores cosas que se pueden hacer. Es tener a disposición una respuesta rápida para todo, y hoy la he aplicado más que nunca.

22 de enero de 2009

En una sola noche

Estoy en un momento de mi vida, en el que llegar a casa del trabajo, para luego volver a salir trae envuelto hacer cosas que no desearía, y que me impiden quedarme tumbada en el sillón. Tengo que bañarme, vestirme, perderme Eli Stone (si, lo amo!), sonreír y decir “aja.. que bien.. si.. wao” por unas 2 o 3 horas. Pero con ellas es diferente.

Es diferente porque se que en esas 2-3 horas, vamos a hablar de todo, cenaremos pasta, nos reiremos al recordar y brindaremos por el encuentro.
Vamos a resumir en una sola noche los 14 años que tenemos de amigas, para seguir siéndolo siempre.

15 de enero de 2009

En la selva de las paradojas - Jean-Marie Gustave Le Clézio

"Es a ella, a Elvira, a quien yo dedico este tributo, y es a ella a quien yo dedico el Premio con el cual la Academia Sueca me premia hoy".

Diciembre 7, 2008.

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A la selva le debo una de las mayores emociones literarias de mi vida adulta. Eso fue hace como treinta años, en la región de Centro América conocida como el Tapón del Darién, porque era allí, en aquellos tiempos (y creo que la situación no haya cambiado en el tiempo que va), cuando había una interrupción en la Carretera Panamericana que se esperaba que uniera las dos Américas, desde Alaska hasta Tierra del Fuego. En esta región del Istmo de Panamá la selva tropical es extremadamente densa y los únicos medios de transportarse es ir río arriba en piraguas. En estos bosques vive una población indígena dividida en dos grupos, los Emberá y los Wounaans, ambos pertenecientes a la familia lingüística de los Ge-Pano-Carib. Yo llegué por accidente y me fasciné tanto con la gente que me establecí allí en varios indistintos periodos de tiempo durante unos rústicos tres años.

Durante la totalidad del tiempo no hice absolutamente nada más que vagar intermitentemente de una casa a la siguiente - por aquellos tiempos la población se rehusaba a vivir en asentamientos estables- y aprendí a vivir en un ritmo que era completamente diferente de cualquier cosa conocida hasta ese momento. Como una selva de verdad, esta era particularmente hostil.

Tuve que redactar una lista con todos los peligros potenciales y sus respectivos modos de supervivencia. Tengo que decir que la totalidad de los Emberás fueron muy pacientes conmigo. Les divertía mucho mi extrema atención a todo, y creo que en cierta medida fui capaz de pagarles con diversión la sabiduría que ellos compartían conmigo. No escribí gran cosa.

La selva tropical no es realmente un sitio ideal para escribir. Los papeles se entrapan en humedad y los bolígrafos se resecan con el calor. Nada de lo que funciona con electricidad dura mucho. Yo había llegado allí con la convicción de que escribir era un privilegio, y que siempre había recurrido a ello en función de resolver mis problemas existenciales. Una forma de protección, una suerte de ventana virtual que podía desenrollar y abrigarme de la tormenta.

Una vez que había asimilado el sistema de comunismo primitivo de los amerindios, al igual que su profundo disgusto con las autoridades y su tendencia natural hacia la anarquía, vine a concluir que el arte como una forma individual de expresión, no tenía ningún papel que desempeñar en la selva. Además, este pueblo no tiene nada que se asemeje a lo que llamamos arte en la sociedad de consumo. En lugar de colgar cuadros en las paredes, los hombres y mujeres se pintan sus cuerpos, y en general se resisten a crear algo que sea permanente. Y entonces, me gané el acceso a sus mitos.


Cuando hablamos de mitos en nuestro mundo de libros escritos, pareciera que nos referimos a algo muy lejano, tanto en el tiempo como en el espacio. Yo también creía en esas distancias. Y ahora, súbitamente los mitos estaban allí, para que los escuchara regularmente, casi a diario, en medio de la danza de los mosquitos y del comején, - la voz de los cuenteros- tanto hombres como mujeres, ponía en escena cuentos, leyendas, tradiciones, como si hablaran de una realidad cotidiana. Los cuenteros cantaban en un tono chillón, levantando el pecho: el rostro, imitando los sentimientos y pasiones y los miedos de los personajes. Debió haber sido algo de novela y no de mito.

Pero una noche llegó una mujer joven. Su nombre era Elvira. Era conocida a todo lo ancho de la selva de los Emberás por sus destrezas como narradora. Era una reconocida aventurera y vivía sin marido y sin hijos - la gente decía que era algo borracha y un poco zorra, pero no me lo creí ni un minuto-. Ella acostumbraba a ir de casa en casa para cantar a cambio de una comida o una botella de licor o, a veces, por unas monedas.

A pesar de que no tenía acceso a sus relatos sino mediante traducción -la lengua Emberá tiene una variante literaria mucho más compleja que la forma de uso cotidiano- inmediatamente me di cuenta de que era una gran artista en el mejor sentido del término. El timbre de su voz, el ritmo de sus manos retumbando en su pecho, en su pesado collar de monedas de plata y; por sobre todo, el aire de posesa que iluminaba su cara y su mirada y una suerte de mesura y de trance rítmico que ejercía un poder de atracción sobre todos lo presentes. Desde el esquema simple del mito -la invención del tabaco, los mellizos primordiales, las historias de dioses y de humanos desde los inicios del tiempo- ella añadía su propia historia, su vida vagabunda, sus amores, las traiciones y sufrimientos, la intensa alegría del amor carnal, el aguijón de los celos, el miedo a la vejez y a la muerte.

Ella era la poesía en acción, el teatro antiguo y la más contemporánea novela de todos los tiempos. Era todas esas cosas con fuego, con violencia; había inventado, en la oscuridad de la selva, en medio del circundante coro de insectos y sapos, del revoloteo de los murciélagos, una sensación que no puede ser definida más que como belleza. Al igual que su canción, ella arrastraba la verdadera fuerza de la naturaleza y esta era la más rotunda paradoja, que en este desolado lugar, en la selva, tan lejos como se pueda uno imaginar de la sofisticación de la literatura, era el lugar en el cual el arte encontraba su mayor fortaleza, su más auténtica expresión.

Entonces, abandone la región, y no he vuelto a ver a Elvira jamás, o a cualquiera de los narradores de la selva de Darién. Pero me quedé con mucho más que nostalgia - con la certidumbre de que la literatura puede existir, incluso despojada de convencionalismos y compromisos, incluso si los escritores son incapaces de cambiar el mundo. Algo grande y poderoso, que subyace en ellos, que en ocasiones puede animarlos y transfigurarlos y restaurar el sentido de armonía con la naturaleza. Algo nuevo y a la vez muy antiguo, impalpable como el viento, etéreo como las nubes, infinito como el mar. Es ese algo que vibra en la poesía de Jalal ad Din Rumi, por ejemplo o en la visionaria arquitectura de Emanuel Swedenborg. El escalofrío que siente uno al leer los más bellos textos de la humanidad, como el discurso que el Jefe Stealth envió a mediados del siglo 19 al presidente de los Estados Unidos sobre la concesión de las tierras: "Nosotros debemos ser hermanos después de todo". Algo simple y verdadero que existe solamente en la lengua. Un encanto, algún truco, una danza envolvente o el prolongado discurso del silencio. El lenguaje de los gestos graciosos, las interjecciones, y claro, entonces, inmediatamente aparece la lengua del paraíso.

Es a ella, a Elvira, a quien yo dedico este tributo - y es a ella a quien yo dedico el Premio con el cual la Academia Sueca me premia hoy.


** Fragmento de su discurso de aceptación: "In the forest of paradoxes"

14 de enero de 2009

Un soplo de vida - Clarice Lispector

Estuve sola todo un domingo. No telefoneé a nadie ni nadie me telefoneó. Estaba totalmente sola. Me quedé sentada en un sofá con el pensamiento libre. Pero en el transcurso de ese día, hasta la hora de dormir, tuve tres veces un súbito reconocimiento de mí misma y del mundo que me asombró y me hizo sumergir en profundidades oscuras de donde salí hacia una luz de oro. Era el encuentro del yo con el yo. La soledad es un lujo.



7 de enero de 2009

Extrañar sin extrañar

Todos tenemos secretos. Los mejores son los que llevamos por dentro, los que sólo nosotros conocemos. Los que de vez en cuando nos abruman, nos consiguen sonrisas, o nos brotan lágrimas. Secretos que mezclan sentimientos confusos, pero nuestros. Sin embargo, hay ocasiones en que es mejor contar un poco más y callar menos. A veces es necesario dar a conocer algo más de la cuenta. Sólo a veces, y esto pasa cuando las cosas se dan.

Pasa cuando reparas en que has extrañado algo sin extrañarlo. Pasa cuando puedes bajar la guardia, y llegan los momentos de tranquila intimidad al lado de con quién quieres estar.
Pasa cuando te miro desde mi interior, cuando quiero que me toques, que me sientas, que tus dedos me acaricien y que pases tu mano por mi espalda. Cuando quiero que me llegues con tu mirada, y que me inhales suavemente. Pasa cuando me respiras al oído, me susurras cosas sin sentido, que no entiendo, ni necesito entender… porque no me importa, porque estás conmigo.

No importa definir que se siente, no importa detallar si es amor, ternura, pasión, querer, sino el que se nos permita recuperar el tiempo. Tener a nuestra disposición esos momentos que al segundo siguiente son un suave recuerdo de algo tan palpable que se convierte en felicidad.