Estar en sintonía. Observar. Desenmarañar los secretos de un beso, de un abrazo. Hurgar el misterio del desprecio y la soledad. Advertir una bandada de pájaros surcando el cielo. El pasto que se escarcha y despereza. Que sueña los rayos tenues del sol invernal. Y uno desea tener un cuaderno a mano para escribirlo. Entonces, seguir en sintonía. Iniciar el proceso del desgarro. Enloquecer. Sentir hasta sufrir. De adentro hacia fuera. Del pecho a la palabra. Del dolor a la soledad a la alegría al placer al papel. De la emoción al texto. Perdiendo el pudor y la vergüenza. Quedando en carne viva. Entregando tu alma emparchada. Talando tus entrañas. Sufriendo la pasión. Donando un torrente de sangre. O tentándote con tu risa hasta mearte.
Hacerte parte de la historia. Y cuando el universo se te llena, ocurre un armonioso derrame en sintonía con el universo que te contiene. Entonces por fin, la dicha. El milagro; la parición del texto. Que nos trasciende. Que deja nuestro rastro en quien se atreva a su lectura.
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