27 de septiembre de 2008

Rompecabezas incompleto

Diez años, nueve… ocho, los que sean. El que sea mucho o poco tiempo depende del punto de vista del que se vea. Hago referencia a esto porque a veces me creo lista. Lista para emocionarme, reírme, desatar alegrías, cancelar desconsuelos, y llevarte en la mirada. Otras veces me noto con sentimientos como los de esta noche, sentimientos cargados de una tristeza honda reclamada sin querer.

El problema radica en que hoy no me permití ser dura. Por supuesto que no ayuda el tener conversaciones rayando en lo mediocre, escuchar Eros Ramazzotti en el camino de vuelta, extrañarte, y llegar a una casa vacía… eso definitivamente no es un panorama memorable, así como tampoco lo es el quererte sin esperar nada a cambio (o esperarlo, pero no demostrarlo - como estrategia para no ahuyentar -).

Quizás si te comento esto en persona, escucharía una respuesta no deseada. Quizás me dirías que no siempre se puede tener la situación bajo control, y que el futuro de una relación depende de cómo se maneje en el momento. Y se que sería así porque también lo pienso.

Estoy de acuerdo en que no hay nada como tener el sartén agarrado por el mango, sin embargo a veces parecemos saber que es lo que queremos, y vemos como cada pieza encaja por sí sola, pero de un segundo a otro todo cambia. Sí, la filosofía nos mete zancadillas y resbalamos.

Perdóname por esto, pero es que me llegas a turbar. Eso me molesta, y mucho. Si, soy una tonta. ¿Enamorada? Puede ser, pero no he dicho que de ti, y tampoco lo diré…justamente porque es incómodo cuando dos personas como nosotros se quieren decir algo. Es incómodo buscar respuestas (a pesar que es parte de la naturaleza humana), y más embarazoso aún recibirlas de adonde menos la esperamos. Es mejor que los pensamientos sigan jugando y afronten una realidad que en algún momento llegará a gritar, y esto es así porque aún queriendo evitar que suceda algo, no podemos evitar que suceda.

10 de septiembre de 2008

Amor se llama el juego - Joaquín Sabina

El agua apaga el fuego
Y al ardor los años
Amor se llama el juego
En el que un par de ciegos
Juegan a hacerse daño
Y cada vez peor
Y cada vez más rotos
Y cada vez más tú
Y cada vez más yo
Sin rastro de nosotros.

9 de septiembre de 2008

El titán del amor

Todo va bien. Todo iba bien. Pero poco a poco ves como empiezas a ceder, cada vez un poco más y más. Tus muchas veces mencionadas formas de resistir se ven cada vez más débiles y apagadas. Resulta que apareció, o eso crees tú. Tienes cerca de ti a la persona correcta. A LA persona correcta.

En otra ocasión, sólo nombrar eso te haría correr más que si estuvieran tras de ti los cuatro jinetes del Apocalipsis, pero esta vez no. Estás en la capacidad de derrotar tus miedos, y te repites a ti mismo “Tu puedes… tu puedes”. Y es que esos libros de autosuperación y autoayuda que has leído no pueden ser todos por gusto! Los puedes derrotar, los puedes vencer.

Armándote valor (porque la vida es una sola, ¿verdad?) te pones en evidencia ante LA persona, le das total y completa seguridad de tus sentimientos. Le dices todo lo que piensas, todo lo que sientes, sin ningún tipo de filtro. Y es que si los sentimientos son verdaderos (y los tuyos lo son, si señor!), es digno de reconocimiento. Y es que tu… tu mi niño lindo, eres un sacrificado del amor, y esto es tan, pero tan importante, que sólo ese detalle hará que la situación valga la pena.

Valdrá la pena el rechazo, valdrá la pena la imprecisión de su respuesta, el llenarte a medias de esperanza… y es así porque esta sociedad reconoce, valora y trata como héroe al sacrificado por amor.

Le quitas la venda de los ojos, le manifiestas y te das cuenta de que… valió la pena. Aunque, quizás podrías hacer un segundo intento. Quizás se le olvide en un tiempo, así que aprovecharías y le recordarías tu interés. Porque una vez nunca es suficiente. Porque tu eres así… tú eres el titán del amor.

Nota: Yo prefiero no leer autoayuda, autosuperación y otros de esos libros que abarrotan la Arrocha (sin ofender). No quiero ser héroe, no quiero que me hagan estatuas, y mucho menos ser titán de nada, ni de nadie. Prefiero retirarme de la historia más temprano que tarde.Esto es así porque según el día, el espejo en la mañana me dice que soy la más bonita, y al día siguiente, me abofetea diciendo que hoy no, hoy le toca el turno a la vecina… así que prefiero ir por lo indudable y salir en búsqueda de los 7 enanitos que estoy segura que me van a recibir con descomunales fiestas patronales.

1 de septiembre de 2008

MuuBipi Nega - Cebaldo de León

Desde que tengo “uso de corazón” —se dice uso de razón— recuerdo que a mi casa entraba y salía gente de muchos colores y lenguas. Maestros, aventureros, pastores de almas, curiosos, contrabandistas, anais de las montañas — yardormar—, cuerpos de paz, “smithsonianos”, canoeros de Boca Chica (Cartagena), candidatos a cualquier cosa en la política, sirenas perdidas en el mar kuna (una de ellas llegó con la lluvia y con la lluvia se fue) turistas accidentales y occidentales casi todos, marineros dules y no dules… y la linda anfitriona era mi abuela Clementina. Y recuerdo también que la única paga para nosotros era la alegría de la visita, seguida de la promesa nunca cumplida de mi abuela: “un día mis nietos te irán a visitar”.

Algunos de estos visitantes se quedaron unas horas, otros, eventualmente, algunos días, otros semanas y hasta meses. Todos dejaron recuerdos, nuncameolvides, carcajadas, lágrimas, adioses; algunos dejaron u olvidaron ropa, mochilas, discos, libros, fotos, sombreros, y otros se quedaron pegados a la retina de alguna adolescente tierna. Algunos de ellos eran deliciosos contadores de historias, largas hasta la madrugada, en las hamacas; otros, grandes escuchadores, y otros sólo se reían (mi tío Fred era nuestro traductor, poeta y políglota: además del inglés, cualquiera lengua no era misterio para él. “Un marinero tiene tatuado, además de nombres y corazones, lenguas y países en la piel”, nos decía).

Mi abuela Clementina quedó viuda muy joven y nunca salió de Kuna Yala, creo que lo más lejos que viajó fue a la isla de Narganá, donde —María, mi madre— estudió su educación básica. Tiempos de vela, tiempos de vientos. La hospitalidad de la abuela la recuerdan viajeros, nómadas incansables de Copenhague y Chiriquí, de Coedup y de París, de Boca Chica (Cartagena), Florencia, Washington, Chepo, Mansucun, Mordi, de Caracas o Colón... y otras aldeas de este planeta.

Así recuerdo la MariaNega —la Casa de María— como le llaman los ustupeños, o MuuBipi Nega (La Casa de la Abuelita), como le llamaban los canoeros (marineros de Cartagena) al albergue de alegrías y aventureros que hoy continúa a la espera de amigos y viajantes.

La casa de mi abuela olía siempre a frutas, creo que ella misma cargaba en su cuerpo ese olor, y de sus manos salían siempre exquisitas comidas, para ella cocinar era una fiesta, y una fiesta eran sus comidas, sus bebidas de cacao con banano, sus dule masi, pescado a manera kuna, sus panes hechos de maíz nuevo y que eran compartidos siempre con visitantes y los de casa.

Tantas veces acompañé a mi abuela al caer la tarde, ya con la noche a la puerta, en los baños de humo, de cacao y palabras a los nuchus, estos seres mágicos, hechos de balsa que ella estratégicamente colocaba por la casa. Hablaba con ellos y les pedía que cuidase a los seres que amaba, que protegiese a la aldea y sus habitantes y a todos los que habían pasado por casa. Los nuchus han sido y son los guardianes de nuestros sueños, guerreros contra todo mal. De estas historias y ternuras se alimentan muchas de mis crónicas, con las que tal vez trato de escribir un poema mayor de la aventura de viajar, de los encuentros y desencuentros, una poética del errante tal vez.

Hoy es esta fabulosa maga —mi abuela Clementina—, su recuerdo, quien inspira estas letras y alimenta ese poema escrito a muchas voces; mi abuela, quien con pocas palabras y con muchos de sus actos me enseñó que la aldea es el mundo, que peregrinos somos todos, que un abrazo, una sonrisa y un poco de pan y agua no se le niegan a nadie; mi abuela, a quien, como María, la de la canción de Facundo Cabral, le bastaba abrir los brazos para tener la medida de la ternura y el lazo que une la muerte y la vida…