Desde que tengo “uso de corazón” —se dice uso de razón— recuerdo que a mi casa entraba y salía gente de muchos colores y lenguas. Maestros, aventureros, pastores de almas, curiosos, contrabandistas, anais de las montañas — yardormar—, cuerpos de paz, “smithsonianos”, canoeros de Boca Chica (Cartagena), candidatos a cualquier cosa en la política, sirenas perdidas en el mar kuna (una de ellas llegó con la lluvia y con la lluvia se fue) turistas accidentales y occidentales casi todos, marineros dules y no dules… y la linda anfitriona era mi abuela Clementina. Y recuerdo también que la única paga para nosotros era la alegría de la visita, seguida de la promesa nunca cumplida de mi abuela: “un día mis nietos te irán a visitar”.Algunos de estos visitantes se quedaron unas horas, otros, eventualmente, algunos días, otros semanas y hasta meses. Todos dejaron recuerdos, nuncameolvides, carcajadas, lágrimas, adioses; algunos dejaron u olvidaron ropa, mochilas, discos, libros, fotos, sombreros, y otros se quedaron pegados a la retina de alguna adolescente tierna. Algunos de ellos eran deliciosos contadores de historias, largas hasta la madrugada, en las hamacas; otros, grandes escuchadores, y otros sólo se reían (mi tío Fred era nuestro traductor, poeta y políglota: además del inglés, cualquiera lengua no era misterio para él. “Un marinero tiene tatuado, además de nombres y corazones, lenguas y países en la piel”, nos decía).
Mi abuela Clementina quedó viuda muy joven y nunca salió de Kuna Yala, creo que lo más lejos que viajó fue a la isla de Narganá, donde —María, mi madre— estudió su educación básica. Tiempos de vela, tiempos de vientos. La hospitalidad de la abuela la recuerdan viajeros, nómadas incansables de Copenhague y Chiriquí, de Coedup y de París, de Boca Chica (Cartagena), Florencia, Washington, Chepo, Mansucun, Mordi, de Caracas o Colón... y otras aldeas de este planeta.
Así recuerdo la MariaNega —la Casa de María— como le llaman los ustupeños, o MuuBipi Nega (La Casa de la Abuelita), como le llamaban los canoeros (marineros de Cartagena) al albergue de alegrías y aventureros que hoy continúa a la espera de amigos y viajantes.
La casa de mi abuela olía siempre a frutas, creo que ella misma cargaba en su cuerpo ese olor, y de sus manos salían siempre exquisitas comidas, para ella cocinar era una fiesta, y una fiesta eran sus comidas, sus bebidas de cacao con banano, sus dule masi, pescado a manera kuna, sus panes hechos de maíz nuevo y que eran compartidos siempre con visitantes y los de casa.
Tantas veces acompañé a mi abuela al caer la tarde, ya con la noche a la puerta, en los baños de humo, de cacao y palabras a los nuchus, estos seres mágicos, hechos de balsa que ella estratégicamente colocaba por la casa. Hablaba con ellos y les pedía que cuidase a los seres que amaba, que protegiese a la aldea y sus habitantes y a todos los que habían pasado por casa. Los nuchus han sido y son los guardianes de nuestros sueños, guerreros contra todo mal. De estas historias y ternuras se alimentan muchas de mis crónicas, con las que tal vez trato de escribir un poema mayor de la aventura de viajar, de los encuentros y desencuentros, una poética del errante tal vez.
Hoy es esta fabulosa maga —mi abuela Clementina—, su recuerdo, quien inspira estas letras y alimenta ese poema escrito a muchas voces; mi abuela, quien con pocas palabras y con muchos de sus actos me enseñó que la aldea es el mundo, que peregrinos somos todos, que un abrazo, una sonrisa y un poco de pan y agua no se le niegan a nadie; mi abuela, a quien, como María, la de la canción de Facundo Cabral, le bastaba abrir los brazos para tener la medida de la ternura y el lazo que une la muerte y la vida…
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